ULISES VARSOVIA

 

Ángel

Alguien que alguna vez
con su caballo alado
bajando desde el éter,
claramente reconocible
por su impenetrable faz,
por su olvidada voz,
por sus manos intocables.

Y haya llegado a mí
sin haber llegado nunca,
y haya vuelto sin volver,
y haya regresado
sobre sus últimos pasos.

Ángel de luz sombría,
órnito heraldo
de mi humana redención
inhumanamente expuesto,
tú, mi propio retrato
dolorosamente impuesto,
irreconocible y mío…

O nadie que ninguna vez,
nadie que ningún caballo
ni ninguna voz perdida,
a galope con su faz
de ningún ángel venido,
ni regresado, ni vuelto
sobre sus ningunos pasos.

Y no háyale visto jamás
regresando para siempre,
alejándose otra vez,
yéndose lento, muy lento,
interminablemente huyendo.

 

                                   
                                    De: Desnudez (2001)

 

Afrodita de Melos
(Venus de Milo)

Déjame tocar tu piel y quemarme,
déjame acariciar tu cuerpo
con mi mirada de varón en celo
trepando las gradas de la fiebre,
consumido en tus besos de piedra.

Mudo y pasmado estoy en tu presencia,
indestructible ícono de mármol
revoloteando por siglos y milenios
en la conciencia de la humanidad,
en el subconsciente de la idea de arte.

En un duro bloque de fría materia,
te buscó el aprendiz de creador
armado de un soplo de metal,
día tras día y noche tras noche
fue escarbando en los velos del misterio,
y al final de la séptima aurora
emergió tu cuerpo desde la luz
petrificado en su propia belleza.

Bella como ninguna diosa
tu forma triunfal semidesnuda,
torcida en la curvatura invicta
donde el pubis esconde su secreto
bajo un follaje de pliegues textiles.

Qué importa que tus hermosos brazos
cayeran al pozo de los siglos,
si la turgencia idéntica del pecho
eleva sus llamas paralelas,
y corren dos ríos de agua pura
más allá de la sed y de los labios.

Sólo al genio griego le fue concedido
arrancar de un frío bloque de materia
un cuerpo de ansiedad inconsumible,
un rostro de olímpicas líneas faciales,
un monumento de luz y de mármol
a la belleza, Afrodita de Melos.

                                     (2007)
                                    (inédito)

 

Alta tarde

Hoy las seis de la obscuridad
del señor otoño,
hoy las tardecida y tantas
de su rodaje humedad,
y nadie sonoridad,
nadie entreabiertos ojos
o lentas guitarras.

Hoy las innúmeras y altas,
hoy las ya irreconocibles
del tráfico astral,
lentas, lentas sus pisadas,
y perdiéndose en la urdimbre
de la niebla abismal.

Las seis de la desbandada,
las tardías del corazón:
señor otoño, piedad
en las tantas que otredad,
pasando por el reloj
de horas malhadadas.

Las póstumas, las desnudas,
las temblorosas de frío
en la intemperie astral:
hoy lentas, hoy inconclusas,
hoy suma de los destinos
en el sino monacal.

Hoy las dieciocho crecientes,
hoy las totales menguantes,
hoy telaraña humedad:

Señor otoño, piedad
a las tantas de la tarde,
a las nunca de la muerte...

A lo obscuro de lo viviente,
a lo trágico de lo errante,
a lo eterno de la humedad.

 

           
                        (de: Nocturnal. 2000 )

 

 

Grosellas

En su congregación monacal
de silvestres monjes congregados,
la grosella congregacional,
arracimada en un gregario haz
de verdes gemelos conjurados.

Pesado el ramaje, agobiado
por el peso de la grey racimal
apretujada en tan breve espacio,
hinchándose de sus zumos lácteos,
creciendo hacia la madurez carnal.

Plenitud de la ampolla monacal
en la roja redondez de hermanos
célibes en un arrobo sexual,
pletóricos de semen germinal,
y obedientes en su celibato.

En julio sus senos picoteados
por los mirlos de aire crepuscular,
o por mis dedos acariciados,
antes de hincar el diente extasiado
en la roja pulpa libidinal.

                                     (2003, inédito)

 

 

Bruma materna

De entre la bruma asome una mano,
asome un rostro inconfundible
lleno de indelebles cicatrices,
asomen las fotografías
de niños clavados en el tiempo,
y la silueta de una mujer
de indefinibles rasgos, llorando.

Nadie más que tú, desconocido,
anónimo viajero en camino
por las páginas de las vidas,
nadie más que tú los indicios,
las llaves, los escondrijos,
el aroma de los ausentes.

Tú el mismo el que allí, detenido
en medio de brumosas formas,
tú mismo el que soplando, hinchados
los carrillos de tempestades,
tú el único, hijo, que en lo alto
con tu mirada pura tendida,
mirando acercarse a los difuntos.

Déjala levantarse, siquiera,
déjala proferir, llorando,
las palabras del perdón, siquiera.

Déjame, hijo, llegar a tu vera,
y acariciar tus amados rasgos,
y decirte adiós por vez postrera.

(Pero has de seguir asomando
por entre la materna bruma,
con tu inconfundible rostro
lleno de indelebles cicatrices,
y la silueta de otra mujer
de indefinibles rasgos, llorando).

 

                                                                  (inédito)

 

 

Casa paterna

La casa paterna diseminada
en el remolino de las edades,
dispersa en fechas y domicilios
cuya fachada una débil impronta
de rostros furtivos en la memoria.

Lluvia el invierno propagatorio
repartido entre los agrestes cerros,
cuando julio en marcha desbordándose
hacia la vecindad de las vertientes,
y el mar rugiendo indomeñablemente
desde sus hostilidades salobres.

En su follaje húmedo el hogar,
en el azar de las direcciones
atadas al talante de los vientos,
bajo cualquiera de los tejados
confundidos entre las techumbres
asimétricas del conglomerado.

¿En cuál de tus guaridas colgantes,
en cuál de tus moradas roídas
por el viento y la metralla de la lluvia,
en cuál de los módulos anárquicos
de tu indisciplinada arquitectura,
Puerto, mi primer hogar, la casa paterna?

¿Y quién el que de pie en cubierta,
con su ronco vozarrón de mando
y su perfil de guerrero de piedra
asumiendo la paternidad,
borroso en la niebla de los años?

En el remolino de las edades
la casa girando, girando,
diseminada en el rudo desorden
de una ciudad de abrupto relieve
navegando por el océano,
perdiéndose en el horizonte.

 

                                                                       2007 (inédito)

 

 

Desde las cenizas

Cada día volver a empezar
desde las cenizas,
cada día desenredar
aquello que enredó la mar
sonando en la orilla.

Son olas definitivas
que empezaron a rodar,
cuando mi temprana vida
apenas amanecía
y ya iba hacia el cenagal.

Tú la viniste a rescatar,
tú, Claire, con tu melodía
le enseñaste la otra vía,
la de la claridad,
la de la frente limpia.

Entonces la mar cada día
sus olas desenredar,
para que de las cenizas
surja lozana mi vida
y caiga otra vez en la mar.

 

                                   
                                           (inédito)

 

 

Dispersión

Saldréis a vagar por la niebla
de un día de color somnambular
reunido en torno a los difuntos,
cuando el más absolute mutismo
en la dispersion de las hojas secas.

Llegaréis, acaso, al camposanto,
y entre las tumbas amortajadas
hallaréis la lápida borrosa
de alguien que hondo en vuestro corazón,
muy hondo en la memoria del alma.

Será un largo, ultimo diálogo
a través de la piedra rugosa,
entre dos seres aprisionados
en un sólido pacto de sangre.

Y continuaréis vagando, a solas,
continuaréis buscando y buscando,
mientras el día se desreúne
en la dispersión de las hojas muertas.

                                   
                                    Ulises Varsovia
                                    De: Hojarasca (2008)
                                               
                                   

 

Estupor                                                                                                       

Horas de estupor, merodeando
en torno a la página en blanco,
con un puñal de brillo homicida
y una rosa de intacta pureza,
¿a qué deidad dirigir mis preces,
a qué santo varón encomendarme,
qué homicidio perpetrar, qué niños
amenazar con mi flor impoluta,

para que caiga el fruto por fin,
para que cuaje el trigo en la era,
y mi hambre de siglos se sacie
con un banquete frugal de vocablos
enlazando su perfecta euritmia?

La mano en alto, cernida,
el cálamo un ave de presa
esperando impaciente el momento,
el ojo escrutando en la penumbra,

¿cuándo saltará, por fin, la chispa,
cuándo brotará el ansiado fuego
a extender su incendio de pastizales
y alumbrar de letras llamareantes
el espacio poblado de ciegos?

Horas de estupor, horas terribles,
horas de agonía, emboscado
en el cruce de la luz furtiva,
armado con un puñal de cuarzo,
y una rosa de extrema pureza,

¿a qué deidad quemar incienso
para que salte la luz al papel
e incendie de idiomas el cuaderno?

 

                                    Ulises Varsovia
                                    2006 (inédito)

 

 

Ulises Varsovia (Valparaíso,1949) Ha publicado 28 títulos de poesía. De estos, sobresalen Jinetes Nocturnos, de 1974/75, Tus náufragos, Chile, de 1993, Capitanía del Viento, de 1994, El Transeúnte de Barcelona, de 1997, Madre Oceánica, Valparaíso, de 1999, Megalítica, de 2000, y Ebriedad, de 2003. En agosto del pasado año salió a la luz en Sevilla, su libro de poemas Anunciación. Ángeles y Espadas, publicado por la Asociación Cultural Myrtos. Esta misma entidad acaba de publicar su Antología Esencial y Otros Poemas (1974-2005), que incluye dos poemas de cada poemario publicado, es decir, 52 poemas "esenciales", y tres poemas de 12 libros inéditos, lo que hace un total de 88 poemas.

http://ulisesvarsovia.tripod.com
www.ulisesvarsovia.ch