Roxana Elena Méndez Arévalo. (El Salvador, 1980) Publicó el libro Memoria en el 2004 y su obra ha aparecido en Antología de la Poesía Centroamericana (2008) y en Antologías de Juegos Florales (Concultura). Ha recibido el titulo de Gran Maestre en el género de poesía, otorgado por Concultura. La siguiente es una selección de su libro Memoria.

 

Memoria y Distancia

La casa de los abuelos
tiene las paredes blancas,
altas paredes antiguas,
antiguas paredes altas.
En los árboles del patio
se da el mango y la campana,
abajo, una fuente llora,
viejas canciones de agua...

Vuelvo al ayer y respiro
calor de tejas soleadas
y escucho el mar en la calle
y las gaviotas del alba...
Vuelvo al ayer y me encuentro
besando sombras sagradas...

La casa es casi la misma,
su olor, sus puertas, su patio,
su luna al anochecer
y al amanecer sus pájaros.
Pero es distinto el silencio
porque no es silencio humano,
es la callada noticia
de la soledad de un ámbito...

Ya los seres han partido:
de ayer solo queda el viento
y en el viento algún latido
y en el latido un recuerdo
y en el recuerdo mi infancia,
la vida con los abuelos,
su risa, su voces blancas,
sus corazones inmensos,
y sus cabellos hermosos
blancos de harinas y sueños,
y sus manos en mis manos
y sus besos en mis besos

y mi hermana en la ventana
o correteando o durmiendo,
y mi madre cocinando
el pan en el horno viejo.
Y el bullicio de la gente
y las campanas del pueblo,

y todo aquello que fue
que hoy solo existe en mis sueños.

¡Qué inmensa la soledad
y más inmenso el silencio!

Cuánto soy en este instante,
cuánta memoria y distancia...
Una sombría dulzura
ha envuelto toda la casa...

De pronto, cae la lluvia,
y se humedece mi alma...

 

 

Memoria

Todo es presente ahora: mis ojos desatados
pueden ver la penumbra del cielo en este instante,
y en ese cielo inmenso, tan extraño y distante,
vuelan aves de siempre sobre sueños pasados.
Otras calles retornan y es presente en mis labios
que besan las siluetas de los que ya han partido:
los niños de otras tardes y el viento conmovido
que trae de la iglesia su aroma de incensarios,
y las beatas señoras musitando oraciones
y el abuelo en el patio cantándonos canciones
y las lentas campanas de las cinco doblando.
Las calles imprecisas retornan al silencio
y ese cielo de ahora que sufro y que presencio
comprendo que es de un día que existió no sé cuándo.

 

 

Un día…

Un día desperté
había
sobre la tierra enmohecida
una serpiente larga
del color de las ciénagas,
la tomé por la cola:
estaba muerta.

Esa noche soñé
con un campo de trigo
que mecía el invierno,
con una casa blanca de madera
y dos siluetas entre la neblina.

Una de ellas se fue,
pero la otra,
al cruzar el umbral
se perdió con las sombras
del invierno.

 

 

Sentada en la Estación

Sentada en la estación
de algún invierno,
siento como el silencio
me alcanza y me rodea...

De los vagos rincones
veo salir siluetas...

Siluetas que transportan
neblina entre los dedos...
Rostros que no he observado
y voces que no entiendo...

Siguen, siguen llegando
continúan saliendo...

Vienen hasta muy cerca:
me cantan al oído
melodías nocturnas
que me saben a mar,
a marismas, a viento,

a lugares antiguos
donde nada es real,
a luz cálida y suave,
y frases pronunciadas
en un tiempo remoto
con lenguajes de sal...

Oscurece otra vez
me levanto, camino,
y el sendero que tomo
se torna más sombrío.

Camino en la penumbra...

Atrás, el cielo azul,
no encuentra ningún sitio.

 

 

Puntos de luz…

Puntos de luz recorren la grama,
el viejo sillón verde
que da hacia la ventana
está mullido y suave
y el viento levanta
las ligeras cortinas hasta el cielo.

La puerta de la habitación
trae sonidos del pasado
y casi puedo escuchar
el frío de los árboles
que chocan entre ellos.

Ayer las tinieblas lo invadían todo,
pero este día es diáfano
como el ala luminiscente
de un insecto de otoño.