Krisma Mancía. (San Salvador, El Salvador, 1980) Estudió el profesorado en letras de la Universidad de El Salvador y teatro en la Escuela Arte del Actor. Formó parte de la primera generación del taller literario de La Casa del Escritor de El Salvador. En 2004 publicó su primer libro, La era del llanto (Dirección de Publicación e Impresos, en Colección Nueva Palabra, San Salvador), y en noviembre de 2005 ganó el Primer Premio Internacional de Poesía Joven de la editorial La Garúa, de Barcelona, por su libro Viaje al imperio de las ventanas cerradas (La Garúa, Barcelona, 2006). Aparece en las antologías Trilces trópicos (Ed. La Garúa, Barcelona, 2006), Cruce de poesía Nicaragua-El Salvador (Managua, 2006) y 45 poetas. Antología (Revista Cultura 94, disco de audio, DPI, San Salvador, 2007). Ha sido publicada en revistas de diversos países, en español y catalán.

 

Es primavera y no puedo verla

A Jorge Basilago y Carmen Rivas,
que me enseñaron un trozo de Buenos Aires.


Es primavera y no puedo verla, me dijo el ciego,
sólo puedo sentir una vela a medio acabar, una esperanza
de flores perfeccionadas dentro de una vitrina.
Pero, vos quién sos, y de dónde venís. Y si venís del Salvador
escoge la hoja más marchita,
las que todos patearon en una vereda de Buenos Aires,
ella tiene mi tacto, guárdala
y seguí caminando.
Buenos Aires y su sol, su cielo caprichoso
y su enorme cofradía de monumentos te abrieran el paso.
Vos caminá y no me hables del amor.
¿Qué sabes vos de un beso dado a media calle?
Vos caminá y cuando llegués a la flor que se cierra y se abre durante el día
encontrarás a una mujer con perlas podridas en la boca.
Se llama Ausencia. Antes fue mi mujer,
pero un día no soportó las tinieblas que se acumulan
en los rincones de mis ojos. Dijo que iba
a buscarme la luz y nunca volvió.
Ahora caen mil noches sobre mi sonrisa, sobre mi corazón.
A mi mujer la conocí convertida en una estatua. No recuerdo
si era una diosa o si era la dama de una muerte.
Sólo recuerdo el perfume de su distancia, la caricia planetaria de sus ojos,
la amargura de su boca.
Dale el tacto vegetal y pregúntale si reconoce esa caricia.
Tal vez se duerma tranquila.
Tal vez no pregunte por mí.

(Poema Inédito)

 

La era del llanto
I

Y la guerra crujió
en las laderas eclipsadas de los corales.
Permitió que la Muerte, esa lerda esfera azul,
tiñera la carne desprendida del aire,
sacara su lengua pálida,
y palpara los colores ligeros de las medusas
y rompiera sus vientres
al devorar sus tibias entrañas de arcoiris.

Bajo el rocío íntimo de la luz,
con una mano caracol enredada en mis tentáculos,
robé la cajita de música de las ballenas,
la voz circular y rota
de las líneas amargas, obtusas del mar.
Y en las asperezas de su canto arrastró
los escombros de mis antepasados,
la añoranza de la primera tierra líquida
y el secreto limpio de la espuma:

aquel recuerdo triste del combate
entre las voces mudas
y las paredes de las olas.

Escapé,
con el delicado manto del exilio,
hacia la hierba que casi se besa con el cielo.
Cerca
de los grillos cometormentas.
Lejos
de las toxinas letales de las olas.
Me torné aire liberado en el silbido de los labios,
castigo de las sirenas desplumadas
en las cabezas horrorosas de las musas.

Llegué tarde
el día en que a la tierra se le ocurrió ser sortija
en el dedo ciego de las tarántulas,
linterna
en el eco de las palabras,
hueco silencioso
en el baúl de las piedras, que son
el sentido único de los caminos,
el amor de los gatos,
la razón de los viajeros con síndrome de olvido.

Llegué tarde
en la hora rudimentaria de las horas,
en el vacío del paisaje,
en la boca descuajada del comienzo.

Llegué tarde,
solo,
con mi pequeño valle de escamas en la espalda,
con mi garganta sin voz,
con mi frente recién descubierta al sol.

Llegué tarde
a poner mi sello y firma de presencia
en la Era del Llanto,
antes
de que la piedra se multiplicara piedra
y se autonombrara en la rudeza de la tierra.
Antes
de que la nieve naciera en todas las manos
y el invierno se posara sobre el viento de las hojas perdidas.
Antes del antes y del después,
el olfato de mis pasos tropezó
con los primeros cadáveres vacíos,
estrenados en la sombra sangrienta de los leones,
en el talón de Aquiles de las mariposas.

Y al llegar
al rincón de las alas quebradas de los buitres,
el dolor de mi salitre se contagió
a los embriones de los árboles.
Hizo que las pieles de las ranas respiraran
y bajaran a morder
el grito inmenso de la carne.
Cortó
el tejido conductor del alma.
Perforó
el muslo oscuro de la luna.
Y una mujer
—señora nostálgica de sus alas,
metáfora,
invento de algún dios necesitado—
rompió su crisálida de espejos,
aquel fino manto bordado por las libélulas nocturnas,
para inundar mi boca perdida
de deseos.

Y como una flecha colmada de azucenas
ella se arrojó sin alas,
vaporosa, incierta,
hacia el agujero de mis pesadillas
y quiso zurcir con el hilo de sus propias heridas
la llaga de mis soledades.

Descubrí, en su cabellera de cuchillas,
llamitas de lluvia, capullos espinosos de fuego;
estrellas:
brillantes trapecistas
dispuestas a sumergirse en un abismo
lleno de caras asombradas,
lleno de ojos prestos, atentos al golpe
del primer sentimiento humano.

Confundido bajo el ardor dulce de los volcanes,
cerca del terrible camino de los cuellos cortados
el cuerpo desmembrado de la pareja primitiva
adquirió el leve temblor de los manantiales
y fueron uno solo
sobre las huellas del placer.

Y ahora al mirarnos adentro de los huesos,
entre las recónditas islas de la piel,
sobre las colmenas telúricas de las venas,
aún los encontramos acurrucados,
enroscados, espiándose las entrañas
y saboreándose las médulas.

Ahora somos muchos
los sepultados en los ojos del llanto
y no somos más que una fosa de latidos
en el ocaso de los primeros.
No somos más que agua, aire,
mutismo de vírgenes,
polvillo de contrariedades,
acicalamiento de músculos,
de garras, de vellos.
No somos más que ritos,
juramento de falsedades,
cortinas traslúcidas de huesos,
dientes esmaltados de púrpura,
sombras voladoras de fantasmas,
ráfagas de gritos desenvainados,
tormenta de fuego,
peste de sangre

Al final no somos más que violadores
de la cajita de música
de las ballenas;
del chasquido furioso de las corazas
y del acero.

(Del libro “La era del Llanto”)

 

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Ofelia se levanta con la música de las máquinas
con ese zumbido triste que imita el canto del jardín
su cuerpo se escapa del paraíso
como aire como lluvia o como aliento de cedro
y se pierde en el Imperio de las Ventanas Cerradas
y allí esta
ante un punte de algas
mirando como las ramas del sauce
besan las manos del arroyo.

Ofelia quiere ser el sauce para dejarse caer.

El arroyo quiere ser la rama para dejarla caer.

Ofelia Ofelia
                           dime
¿Eres el artefacto perfecto de la mentira
o eres la causa simple del capricho?
¿Eres la penumbra o eres faro en la ventana?
¿Eres el tiempo o eres el no?
¿Eres la herida o eres la sangre del veneno?

Ofelia Ofelia
                           mirate
aún no te has convertido en locura
como pronosticó tu espejo de doble risa.

(Del libro “Viaje al Imperio de las Ventanas Cerradas”)