Jorge Galán. (El Salvador, San Salvador, 1973) Entre los libros que ha publicado se encuentran: Breve Historia del Alba, Colección Adonáis. Ediciones Rialp, Madrid, España, año 2007; La Habitación, Colección Poesía de la Dirección de Publicaciones e Impresos de El Salvador, DPI, año 2007; Una Primavera Muy Larga, Edición Bilingüe Francés – Español, Colección Premio Charles Perrault de la Alianza Francesa de El Salvador, año 2006; El premio inesperado, Alfaguara infantil, año 2008; El sueño de Mariana, F&G ediciones, Guatemala, año 2008. En el 2006, fue galardonado con el Premio Adonáis de Poesía Año 2006.
Transeúnte
Parado en la acera, a la orilla de esta calle
situada a su vez al norte de esta ciudad
donde puede morir un hombre y su muerte
tendría la misma importancia
que la aspiración de una pequeña dama
que percibe un leve aroma blanco que jamás
podría ser el aroma de la nieve.
La muerte no vale mucho aquí,
solo un poco más que el árbol que se derrumba
sobre sí mismo en la profundidad del bosque,
sin que nadie le note,
pero debería tener un valor similar al de esa torre
que se derrumba por el sonido incalculable
de un millar de trompetas.
Los gritos aquí, lo mismo que palomas oscuras,
penden de los aleros o llegan a morir a los techos
de edificios y casas donde el ratón y el musgo se conocen.
El viento es el único abrigo aquí, el único edredón.
Los autos pasan como mínimas olas a mis pies.
Atrás de mí los transeúntes y la noche son lo mismo.
Los faroles se han encendido como ojos repentinos
que recobran la vista.
La muerte es la única abundancia cotidiana.
Vuelvo a moverme, camino en línea recta,
ni a izquierda ni a derecha volteo,
la sombra de un muchacho se enreda a mis pies
como algún día un niño lo hizo en las piernas de una madre
cuyos ojos no miraban el mundo sino la oscuridad.
Mi paseo me lleva hasta una esquina. Me detengo.
Pienso que las estaciones andan y se detienen en ese lugar
donde debían de llegar y que jamás se equivocan de sitio.
Quisiera ser el invierno estacionado en esta esquina distante,
la femenina primavera o el enfebrecido verano me interesan muy poco,
el otoño solo le interesa a mis ojos y unos ojos no pueden ser un alma,
si mi alma fuese un martillo yo mismo sería un yunque y el martillo que golpea
ese
yunque,
si fuese un animal sería una lombriz que repta en recónditos lugares,
cavernas parecidas a la inmensidad antes de la creación;
si fuese un árbol no sería un árbol sino una multitud de bambúes,
amarillos y esbeltos como las uñas de algún enfermo inútil.
Me siento, me recuesto en el piso, veo la noche establecida,
los astros que no puedo leer y la negrura que no puedo explicar ni poseer.
Quienes me observan prefieren ver un cuerpo tendido y no la eternidad
que se abre en el cielo como unos brazos llenos de amor en torno de otro
cuerpo,
poco antes de cerrarse;
prefieren ver la ingenuidad colmando el rostro de la inerte inmundicia,
el hambre dibujando unos pómulos que algunas vez fueron manzanas frescas,
prefieren observar la palidez de lo insano y el orgullo de la demencia
antes que el mapa de la creación que sobre cada una de sus cabezas baja
como lo haría una corona interminable y espléndida sobre la cabeza de un rey.
Me siento. Me levanto. Cruzo una calle. Me detengo en la acera,
en esta acera donde podría morir y no doblaría una campana anunciando mi
muerte
ni se doblaría una rodilla ni caería una lágrima ni se oiría una oración.
Los automóviles son relámpagos en la oscuridad que se reafirma.
Me doy cuenta de que soy el sedimento de esa oscuridad y me sonrío y creo
saber que he descubierto la importancia de una existencia,
el fin absoluto de la misma, el motivo por el que un hombre fue creado.
Debiera de haber ángeles abrazando mis pies.
Debiera de haber una docena de bellísimos niños besándome las manos.
Debiera de haber un millar de mujeres humedeciéndome el cabello
con perfume finísimo.
Debiera de haber música de panderos a mi espalda y al frente.
Debiera de ser esta una playa flanqueada por palmeras y no una triste calle.
Debo decir que mi aliento me ha descubierto a veces el olor de la muerte.
Y pensar que fui bello como el cachorro blanco de un León poderoso.
Atrás de mí los seres y la noche no pueden ni deben ser distintos.
Mi discurso es la niebla que baja de los árboles.
(de Breve Historia del Alba)
El Engaño
Primero vio el árbol y luego escuchó el pájaro.
Era un pino alto y viejo y robusto,
amarillo y verde a un tiempo y tupido en sus ramas.
Él se acercó.
El canto del pájaro era brusco y hermoso
de la misma forma que un río lo es en el invierno.
El día había pasado de la frescura a la tibieza
pues se acercaba el mediodía.
Él buscó entre las ramas el plumaje y el pico,
miró aquí y allá, más cerca del tronco y más lejos,
se movió buscando a la derecha y a la izquierda
y a la izquierda otra vez y a la derecha,
el ave seguía cantando y el árbol creciendo.
Súbitamente, al mover la cabeza, en un hueco
que formaba el follaje, entre una rama delgada y otra rama,
se halló al sol por entero,
un terrible astro duro cincelado sin tregua por las primeras manos
en un extraño oro incomparable.
Él quedó ciego.
El día se hizo blanco.
¿Me pregunto quién era de los dos el maligno:
si el pájaro o el árbol?
(de Breve Historia del Alba)
Elegía del Tiempo
Han pasado los años,
en la ventana crece una pelambre de neblina profunda,
esa ventana que ya no conociste y da vista a otros sitios que jamás sospechaste.
Nos marchamos de casa, dejamos tus claveles al cuidado del viento:
una sombra aún delgada los mancha con su frío.
Ahora tengo una madre, tiene el cabello blanco como un llanto de nieve,
voy aprendiendo a hablarle con palabras más dulces,
acentúo las sílabas en instantes más claros,
me dejo ver por ella algo menos terrible.
También guardo a tu viuda, tu hermosa dama negra, pétalo suspendido
en mitad de un otoño que no tuvo regreso.
Si la vieras andar, si vieras esos pies llenos de un musgo que parece violetas,
si la oyeras hablar en esa lengua que enternece a los astros.
Como tiene el cabello parecido al azúcar,
suele soñar abejas que le trenzan el pelo.
Sin quererlo se ha vuelto mínima y luminosa como un ángel con frío.
Mi niña se me ha ido. La veo desde lejos.
Algo te haría triste si me vieras mirarla.
Algo te afligiría si me vieras seguirla como se sigue a veces el final de la tarde.
Algo que no podrías saber cómo llamarlo, porque dónde te encuentras
no es posible ese nombre ni su significado.
Las cosas son distintas:
hoy sueño mucho menos y grito mucho más.
El sol es menos joven, los trenes ya no existen, las palomas no vuelven.
Ayer me dolió el pecho y dejé de ser niño para siempre.
Han pasado los años, no demasiados
pero si suficientes para aprender a tener miedo.
¿Es cierto que la muerte sabe todos los nombres?
Voy desapareciendo como un día alcanzado por la noche terrible.
De aquello que dejaste ya me queda muy poco.
(de La Habitación)
Cotidiana Hermosura
Mi abuela discute sobre los pollos frescos:
su voz es de cenizas empapadas de lluvia.
Mientras habla o nos grita la rodean sus muertos.
No pronuncia manzanas sino nísperos rojos
donde descansa el sol.
Ella protesta por el viento que le besa el cabello
hasta volverle brisa el corazón.
Se sienta por las noches frente a la luna, entonces
la observa hasta volverla más inmensa y más clara.
En todas las esquinas hay pianos que la buscan
con una melodía de violetas extrañas.
Tiene la piel hermosa de un valle asesinado
por trigales y brumas al final de la tarde.
Octubre adolescente le recuerda lo amado.
Cuando joven fue bella como una luz carnosa.
Delicada de líneas, era un mar en verano.
Al borde de sus labios morían mariposas.
Tenía un cuerpo firme como un mármol asido
a un instante de labios saturados de asombro.
Cuando quiso ser frío se convirtió en esposa.
La viudez la hizo breve como una melodía
que de tan exquisita, se acaba de inmediato.
Cuando sueña otros días más grandes y felices
unos labios de hombre le crecen en los labios.
Hoy discute de pollos y protesta del viento
y tiene la voz frágil de ceniza empapada.
Siempre, mientras nos grita, la rodean sus muertos
por eso siente un peso de besos en la espalda.
Nosotros la escuchamos con una gracia extrema
como quien oye ocasos y entiende
madrugadas.
(de La Habitación)
El Cielo en Tres Instantes
1
Luminosa de siempre, con tu primer latido
te hiciste la hermosura, pero te abandonaste,
te dejaste olvidada bajo una lluvia lenta,
persistente, implacable: tu pelo es una sombra
que baja por tu espalda, un diminuto invierno
se desliza en tu lengua, un abismo encerrado
quiere abrirte la boca, tus palabras son astros
que se extinguen de pronto: todo lo que pronuncias
son los nombres del fuego. Permaneces impávida,
sentada y a la espera sin saber lo que esperas,
como un árbol que nunca deja de consumirse
porque de sus raíces es que proviene el fuego.
Sé que esperas el alba, la reunión del día
con su luz menos tibia detrás de las montañas,
pero esto no lo sabes y en la noche es que habitas:
silueta de un latido que se extingue y no cesa.
2
Tu cuerpo no es el canto que el mar solo presiente
y que el viento ha rozado con sus labios feroces
y que la luna trata de extinguir en sus aguas
y que el otoño llena de interminables muertes
al intentar asirlo sobre su lento pecho.
La belleza no sabe declinar en tu cuerpo
como el sol cuando bebe de las aguas nefastas
de la noche y se extingue sobre un cielo de sangre.
En tu cuerpo concluye mi cuerpo más exacto:
no es precisa la muerte para morir, el fuego
no le es preciso al día para encender el alba.
Mapa de miel oscura que en migajas se extiende:
tu cuerpo no es la noche donde se haya tendido
ni es la agonía insana que en mis labios habita.
Lo bello da un rodeo para dejarte sola,
sumergida en las nieblas que de ti misma emanan.
3
Niña por los ramajes, mujer por los rincones,
instante de la hora más enorme y precisa,
tus pies no son palomas aunque sean palomas
ni tus ojos plegarias aunque plegarias sean
pronunciadas en lenguas que solo yo conozco,
ni elevarán tus manos en el aire de invierno
un ademán que sea bendición inmediata
ni ha de tocar tu boca ningún manto que pueda
dividir en dos notas el susurro del viento.
De dolor estás hecha, por eso tantos pinos
fantasmas diseminan su sombra irremediable
como perros sombríos sobre tus tibios pies.
En silencio pronuncio tu nombre interminable:
tu abismo es la garganta donde asciende mi voz.
Y sin embargo siempre serás lo irremediable:
tus labios son los labios con que me besa Dios.
(de La Habitación)
Trenes
Solo algunos ancianos quedan en la mañana.
Ellos conversan sobre trenes, recuerdan ciertos viajes
hasta ciertos lugares que hace mucho no existen.
Visitan los cafés, las esquinas, las albas, los jardines.
Se detienen para escuchar el murmullo de las lechuzas,
para recoger una almendra del suelo humedecido,
para mostrar una fotografía que siempre ha sido antigua,
para mirar unas montañas que ya no recordaban.
Para ellos el viento siempre será un cabello largo
y el aroma de los jardines ya no será algo más que muchacha.
El calor para otros es una camiseta que baja lentamente,
pero ellos están fríos a la orilla de un río todavía diáfano.
No morirán esta mañana, eso lo saben, por eso están felices,
por eso están hablando que se han vuelto siluetas,
que se han tornado oscuros como sus propias voces,
que su piel macilenta casi se ha vuelto viento.
Solo algunos ancianos permanecen, conversan...
Los trenes que recuerdan son cada vez más lentos.
(de El día interminable)
Neblina y Oro
Mi abuela iba y venía por el andén lluvioso,
sostenía en las manos una flor sin aroma,
en su pecho la noche besaba una paloma.
Entonces era extraña como un jardín brumoso.
Tenía el pelo oscuro, liso, largo, brioso,
y los ojos inmensos, juveniles, distantes.
Mi abuela iba y venía con sus pasos quemantes.
Sus pies eran dos breves relámpagos hermosos...
A lo lejos, entonces, vio una torre de humo:
una líquida niebla de pronto vuelta grumo,
y escuchó ese silbato como un fuego sonoro.
Mi abuelo llegó un día de mediados de abril.
La estación ya no existe y ese ferrocarril
se ha vuelto como un sueño de neblina y de oro.
(de El día interminable) |